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Mitos y Leyendas

Es bella. Digo que es bella y la Cata y la Bene, sus dos gorditas de siete y cuatro, no se merecen un destino así. Menos mal que aún no entienden de estas cosas. Son iguales a ella, morenas, altas, delgadas con suma gracia, ojos grandes y redondos y con un aire que te deja viéndola después que se va.

Pero quisiera que a ellas, cuando grandes, no les pase lo que a su madre. Dicen que don Tulio se enteró ayer después del almuerzo por boca de la propia doña Julia. Por eso no se supo más de él en la tarde. Cabalgando mija, dicen que estuvo cabalgando toda la tarde y toda la noche para olvidarse de aquella traición.

El cuento es largo, mija, muy largo. Doña Julia siempre fue bella y me acuerdo que ese exceso de belleza le trajo puros problemas. Como que el mundo fue hecho así, no para las bellas sino para las feas como nosotras que no sufrimos tanto de amor aunque hubiera dado cualquier cosa para parecerme siquiera a sus ojos, tan solo eso, a sus ojos de almendra, a sus pupilas enlozadas y nada más. Te repito que eso le trajo problemas. Todo lo que se tiene en demasía en la vida es para puros problemas. Eso debes aprenderlo desde pequeña mija, así te conformorás con lo poco que tienes, y doña Julia tuvo eso en demasía, su belleza pues. Vieras mija lo linda que la trataban, cuánto la mimaban. Y cuando creció el amor le vino a torrentes. Muchos la quisieron amar y entonces todo fue color de rosas, la vida tan fácil ¿ entiendes?, como si contara con una fortuna desde niña, hasta que conoció a don Tulio en la fiesta de los Fantini. Dicen que fue cosa de segundos, una flechada en pleno corazón como en los viejos cuentos de amor ¡ qué envidia!, y después un camino de flores, todo rico, todo lindo, aunque algunos cuentan que era previsible y que todo estaba planeado para juntarlos, cada uno con su dote como si fueran dos piezas de un rompecabezas, ella inmensamente hermosa y él inmensamente rico. Como que el destino los había preparado, y entonces se vinieron aquí, a esta casa. La Cata y la Bene llegaron pronto, tan bellas mija, tan lindas cuando las vi salir del vientre y las tuve en mis manos, tan hermosas como su madre, pero don Tulio las miraba, sólo las miraba y luego sonreía porque íntimamente deseaba un hombre, un varoncito recio ¿ entiendes?, un hijo como él, alto, blanco, muy blanco que destella y que tuviera ese temple digno de los Monje para que se ocupara de los negocios de la familia cuando don Tulio se fuera . ¿ Comprendes ahora mija, entiendes el por qué de su desencanto en cada parto ?. Si lo hubieras visto cuando llegó la Bene, esos ojos, esas manos empuñadas. El nombre ya era cosa cierta: Camilo, como el viejo padre de don Tulio. La Bene lloró apenas salió expulsada a la vida y eso bastó para saber que era una dulce mujercita. Don Tulio Monje sintió el peso de la desesperanza. Yo lo ví mija, yo lo ví. Había preparado un ponche con unas naranjas recién muertas y se colocó al pié de la cama para ser el primero en descubrir a la criatura, pero el chillido agudo de la recién nacida le arrancó de cuajo sus esperanzas. El doctor juró en aquel entonces que nunca había probado un ponche tan a punto y no tuvo asco en bebérselo todo aquella larga noche que ocuparon en buscarle un nombre a la criatura. Dicen las malas lenguas que fue por falta de amor, no de don Tulio mija que la quiere así tanto, sino de ella que siempre creyó que el matrimonio iba a ser como esos gustitos breves de adolescentes y nada más. Pero en esto te juegas la vida. No amaba a don Tulio Monje y eso lo supe el mismito día en que se casaron. Nunca lo amó, ni siquiera por compasión ni aún cuando vio florecer a la Cata y la Bene tan tiernas, tan lindas como ella. Hasta que se supo de su tercer embarazo. La señora me llamó ese día mija, me buscó por toda la casona para decirme que hacía doce días que no menstruaba y entonces le vi los ojos, tan ausentes mija, tan distantes que no parecían bellos. Yo me habría sentido feliz mija, pero la señora Julia apenas dio muestras de encanto a pesar que sabía que aquella era una de las últimas ofensivas reproductoras que iba a librar en su matrimonio. Por eso cuando la parentela supo del brote de vida echaron a rodar un alud de esperanzas y don Tulio no quiso esperar otros ocho meses para saber de su hijo. La primera ecografía dio por sentado que “Camilo” iba a ser un hombre y eso dio motivo para que don Tulio se diera dos días de descanso. La ecografía la fueron a poner en el álbum de la familia, justo en medio de la Cata y la Bene. Ese día la abuela Ernestina Monje sacó las botellas de licor de guinda que había guardado durante años y las vació una a una en honor del futuro “Camilo”. La tía Emilia se había puesto a tejer los primeros ajuares celestes y encumbró en su dormitorio a Sor Teresa para rezar por la bienaventura del niño y otro tanto hizo la Gabriela quien se había preocupado de adornarle el patio con tulipanes azules para fabricarle una primavera en pleno invierno. La Cata y la Bene no cabían en sí al saber de su futuro hermano y corrieron donde sus amigos para contarle la buena nueva. Y a Ciriaco, el león de trapos con que jugaban, lo rebautizaron con el nombre de “Camilo”. Incluso yo mija, yo que soy tan desatendida fui a rebuscar en las piezas del fondo para desempolvar la cuna y el triciclo de la Catita para tenerlos a disposición cuando se necesitara.Todo el pueblo supo lo del embarazo de la señora Julia y del anunciado arribo de Camilo Monje a tal punto que no hubo nadie que se restara a monosearle el vientre en busca de los primeros latidos. Recuerdo mija, que ese día fue el de más ajetreo que he vivido en esta casona, el de más ajetreo...

Sí mija, tú debes saberlo como mujer que eres. Ya estás bastante grande para que te des cuenta de los desamores que hay en la vida a pesar que con tan poca belleza que tienes no puedes quejarte mucho más de otras desgracias. Ese día la señora Julia no hizo más que callar y habría jurado que llevaba un par de lágrimas resbaladas sobre las mejillas. Yo no sabía entonces, no tenía la menor idea lo mucho que había sufrido con don Tulio hasta que tuvo coraje de contármelo. Después del nacimiento de la Cata don Tulio dejó correr una estación antes de volver a la cama de su mujer y en ese tiempo dio rienda suelta a su infidelidad. La señora Julia no soportó la ausencia de amor por tanto tiempo ni el desenfadado propósito de su marido por reproducirle un hombre en el vientre como si su estómago fuese un invernadero. Fue cuando apareció don Fabio mija, el hermano de don Tulio, ese caballero tan jovencito de ojos claros que parece tan buen muchacho y que viene de vez en cuando a vernos. El te trajo los últimos zapatos, ¿recuerdas?, esos mismos que llevas puestos y a mí un vestido a cuadros y un abrigo de lanilla gris que es la muerte. Tan bueno que ha sido con nosotras y con la señora Julia. La Cata y la Bene lo adoran y apenas lo ven bajar del auto corren a besarlo y a colgarse de su cuello como si con ello resarcieran la falta de cariño de su padre. Pues bien mija, no es necesario que te lo cuente todo. A estas alturas ya habrás adivinado lo que ocurrió. Y si la señora Julia me lo contó fue por mucho secreto y porque no tiene a nadie en el mundo a quién contarle su desgracia. Ese día en que me comentó de sus atrasos menstruales intentó contarme lo ocurrido, pero bastaron un par de palabras, dos o tres nada más, y entonces supe que Camilo no era hijo de don Tulio. ¿ Entiendes mija?, ¿ entiendes lo que eso significa?. La pobre señora comenzó a llorar antes que lo hiciera el invierno y fue a esconder el naufragio de sus pupilas a través de los largos corredores para que nadie advirtiera su desesperanza. Y cuando se le acabaron las lágrimas siguió llorando en seco. Nadie entiende mejor a una mujer que otra mujer. Cuando la señora Julia supo que el vientre se le estaba hinchando con un poco de vida comenzó a enfermarse de miedo. Desde entonces tuvo que disimular el rostro con ungüentos prehistóricos para evitar que el miedo le ocupara la cara y prendiera las sospecha de su esposo. Tulio Monje le descubrió los surcos del llanto a pesar de todas esas cremas simuladoras y durante algunas días trató de explicar su desconsuelo, pero no fue capaz de soportar el peso de su conciencia y sus ojos se transformaron en un par de vertientes amargas. Don Tulio supo la verdad de labios de su propia esposa y de no ser por la Cata y la Bene que estaban en ese momento rodeando a su madre y a Camilo con sus brazos, las cosas habrían tenido otro desenlace. Don Tulio se dio un par de borracheras para resistir en mejor forma su desesperación y luego volvió a la casa sin hacer el más mínimo ruido. En esos días de bulla interior revisó cada página de su vida mientras la señora Julia se refugiaba en la cocina para estar ocupada cada vez que su marido regresaba a casa con el hambre perdida. El mundo se le fue mezclando con los olores de su infidelidad y nadie quiso acompañarla en la amargura para no sentirse cómplices de su locura. La noticia de aquella traición cambió el ánimo de la familia a tal punto que nadie se dio cuenta del cambio de clima que ocurrió esos días.La abuela Ernestina comenzó a saludarla con timidez, sólo una mirada, después nada. La tía Emilia dejó los ajuares inconclusos y bajó progresivamente la frecuencia de sus súplicas a Sor Teresa hasta que decidió bajar a la santa con el fin de reservarla para ocasiones más sagradas, y la Ernestina descuidó los tulipanes de tres colores que se helaron con el cambio de clima. Ya nadie se le acercaba a sobarle el vientre en busca de los sismos maternos, justo cuando Camilo golpeaba más que nunca sobre las paredes. Sólo quedó la evidencia de la ecografía del cuarto mes en una de las hojas del álbum familiar.

Tulio Monje entró a la cocina el mismo día que empezaba el invierno. La señora Julia se había escondido detrás de los vapores mientras acariciaba su inmenso estómago que se inquietaba cada día más y cuando leyó el rostro de su marido se le desmayó el ánimo con un horrible presentimiento. Don Tulio la miró por entre el velo del vapor y luego fue a cogerla del brazo evitando tomarle la mano. La Ernestina mija, la Ernestina estaba mirando todo y sintió el mismo presentimiento al ver la cara de don Tulio. Por eso dejó la ejecución del pollo para más tarde y corrió al patio para entrar a la Bene y la Maca que jugaban con las alcayotas rescatadas del invierno. Luego las llegó al comedor prometiéndoles que podrían comer mermelada con el dedo. Don Tulio y la señora Julia no volvieron más esa tarde. Quién sabe lo que ocurrió. Sólo ella debe saberlo, pero a tí te cuento mija para que sepas lo que es la vida. Eran las cuatro de la mañana mija, las cuatro. Yo miré por la ventana y vi que don Tulio bajaba con la señora del auto y la llevaba como si fuera una muñeca desvanecida.

....Y vinieron aquí mija, vinieron donde esta vieja con una suculenta recompensa y convencidos de mis manos grandes, mis manos de india, esas mismas manos que ayudaron a recibir hace años a la Cata y la Bene, para que sacara ahora los despojos de Camilo Monje desde el vientre materno. Yo no sé lo que le hicieron a la señora Julia esa noche, de veras que no lo sé, pero lo cierto es que Camilo ya no se movía, ya no palpitaba y las manos de doña Julia, trémulas, y los ojos de la señora Julia, sus ojos de almendra, inmensos, blancos, la piel deslucida y la boca inundada de saliva. Quién la viera mija, una muerta, un cadáver despierto. Entonces puse mis manos, lo hice por ella, sólo por ella porque a Camilo ya no podía salvarlo, y no sé cómo lo hice pero fue tan rápido. La familia de Camilo estaba toda, todita, silenciosos como si estuvieran más muertos que el pobre Camilito, y cuando salí de la habitación estaban allí, todos parados, me quedaron mirando para saber de Julia Monje, sólo de ella. De camilito ni se acordaron mija, ni siquiera preguntaron por él, y tan lindo que era, tan lindo como su madre...

    

 

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